¡El Centro Vlady es abierto!

PALABRAS DE JEAN-GUY RENS
(autor del libro Vlady. De la revolución al renacimiento, publicado en México por Siglo XXI Editores y de próxima publicación en Francia)

Señoras, señores, buenas noches.

Quisiera expresar mi agradecimiento sincero a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, por hacer posible este Centro Vlady.

Igualmente, quisiera darle las gracias a Claudio Albertani por el magnífico trabajo realizado. Sin Claudio, no habría Centro Vlady. Hace años que trabaja y lucha por este Centro. Hoy, por fin, su perseverancia recibe su recompensa.

Quiero también agradecer a la familia de Vlady, particularmente a Isabel y a Carlos Díaz, que entregaron una parte esencial de la obra de Vlady al Centro y particularmente los cuadernos. Los cuadernos constituyen el laboratorio de la obra y del pensamiento que sostiene la obra.

Este Centro tiene una importancia muy especial. Por supuesto, es un lugar que abre al público los archivos de Vlady. Por supuesto, es un espacio de libertad artística que prolonga la acción de Vlady.

Pero, en este caso, hay más y más fundamental.

Vlady concebía su arte - cualquier forma de arte- en el tiempo largo. No hay arte sin perennidad. Esa era , por cierto, la razón principal de su oposición al arte contemporáneo. Desde la pintura que se desentiende de la calidad de sus materiales hasta los ready made y las instalaciones, el arte contemporáneo apunta a lo efímero. Por lo tanto, no es arte. Es otra cosa. En el peor de los casos, periodismo malo, en el mejor, filosofía.

Por el contrario, Vlady apunta a la eternidad.

No estoy aquí para decir si Vlady tiene o no tiene razón. Sólo trato de resumir su concepción del arte y de señalar por qué este Centro Vlady tiene especial importancia. El Centro Vlady es, a su manera, la materialización de la duración en la obra y el pensamiento de Vlady.

Antes de seguir, quiero establecer una diferencia entre la sed de posteridad y el principio de duración tan propio de Vlady. Todos los artistas quieren dejar una marca en la evolución del arte. El deseo de posteridad, bajo una u otra forma, es un sentimiento humano universal. Vlady no era la excepción.

Pero su principio de perennidad va más allá. Es el criterio último mediante el cual se juzga el valor del arte. Sólo merece nuestra atención aquello que es perdurable, o perenne - dos palabras, para él, intercambiables- aquello que resiste la prueba del tiempo. Una obra debe poder ser recibida tanto dentro de cinco siglos como hoy. Es la condición de existencia del arte.

Podemos preguntarnos: ¿por qué otorgar semejante valor al tiempo? ¿Qué pudo llevar a Vlady a elegir el tiempo contra lo efímero, cuando apostarle a lo efímero parece ser la norma de la época?

Hay que remitirse al universo personal de Vlady. Cuando uno se le acercaba, Vlady le abría la puerta de un mundo en donde, mientras oía a unos Viejos Bolcheviques discutir acalorados sobre la naturaleza del Estado Soviético, el niño Vlady jugaba a los conspiradores de izquierda con el nieto de Trotsky, entre las columnas de granito monumentales de la catedral San Isaac en Petrograd.

En el primer momento, lo que me fascinó en Vlady fue esta discontinuidad o brecha temporal que permitía penetrar de repente a mundos desaparecidos. Zinoviev ya no era un personaje histórico sino el vecino del pasillo del hotel Astoria. Sentada en los escalones de la tribuna, la madre de Vlady taquigrafiaba un discurso de Lenin… Estoy convencido de que gran parte de la fascinación que Vlady ejercía sobre los intelectuales de izquierda provenía de esta facultad de llevarnos a viajar en el tiempo.

Vlady nunca se concibió a sí mismo como un individuo, sino como heredero de una aventura colectiva. La revolución bolchevique era para él una cultura que había que mantener viva. Lo suyo no era la práctica revolucionaria, sino el espíritu que hace brotar la revolución. Decía: "Marxista, lo era por fe. Leí El Capital doctrinaria, no críticamente. Además, ¿qué remedio cuando uno no es economista? Siempre consideré el marxismo como una ideología cristiana".

Vlady se inscribe en la gran tradición espiritual de la revolución. Cuando regresó a Rusia en 1981, se lo preguntó cuando nació y contestó sin darse cuenta: el primero de marzo de 1881 - eso es la fecha del asesinato del zar Alejandro II por los revolucionarios rusos. Cuando Vlady me confió esta anécdota, añadió: "Y nunca había dicho yo mayor verdad, porque todo demuestra que así fue."

Toda la obra y todo el pensamiento de Vlady se explican por esta identificación del individuo con la aventura colectiva de la revolución bolchevique.

Lo que descubrí al hacer "el libro de Vlady" es otra distorsión de la estructura espacio-temporal tan importante como la revolución soviética. Este nuevo túnel del tiempo llevaba directamente a los palacios y las basílicas del Renacimiento, mundo en el cual Vlady circulaba con la misma soltura que en los páramos del gulag. Frente al viejo Bellini escrutando a Antonello da Messina, Vlady se entusiasma. Descubre los secretos de Antonello con el mismo gozo oculto de Jacopo Bellini mirando a su amigo en el taller: "Dime, esta veladura , ¿qué es? Y eso que viertes, ¿no sería esencia de enebro?" Y Vlady explica con deleite cómo, sin el robo de los secretos de Antonello, no hubiera habido Tiziano, ni Tintoretto, ni Tiepolo, ni Veronesi. En el taller de la dinastía Bellini, Jacopo y más aún Giovanni, todos los maestros venecianos aprendieron su oficio.

Si bien la revolución bolchevique era su herencia de familia, el Renacimiento era el territorio personal de Vlady. A punta de trabajo y de apasionada investigación, logró zambullirse por un prodigioso atajo del espacio-tiempo que lo puso en contacto directo con los grandes magos de la pintura clásica. No cabe duda de que, en la segunda mitad de su vida (después de 1968), la obsesión de Vlady fue el Renacimiento. Día tras día, plática tras plática, acompañaba yo a Vlady más allá de la puerta de las estrellas, en un universo fabuloso en el cual el Caravaggio era infinitamente más real que todos los Duchamp y los Picasso del siglo XX. Vlady se codeaba con gigantes salidos de la historia del arte universal.

Los bolchevique de la primera hora habían sido su primera trasgresión espacio-temporal, la más obvia, la más fácil de entender. Por el contrario, para sacar a la luz "su" Renacimiento, me hizo falta la larga discusión-redacción del "libro de Vlady", hasta poder descubrir el nuevo punto luminoso en el cual había elegido, con plena libertad, su verdadera patria. En la obra vladiana, la revolución es lo recibido- el Renacimiento, lo que él conquistó.

Aquí hay que notar que la Revolución y el Renacimiento tienen algo en común : son aventuras colectivas, temas eternos. Hay que tener presente esta dimensión épica para entender la obra de Vlady. Su arte es por naturaleza parte de esta dimensión. Es su prolongación. Como todo arte en serio. El arte personal, como el arte por el arte, son anécdotas. Puede que haya anécdotas placenteras, pero no es arte verdadero.

Buen bolchevique al fin, Vlady no podía hacer las cosas a medias. En su idea del principio de duración, iba a ser totalitario. No sólo los temas artísticos retomarían temas universales como la Revolución y el Renacimiento sino que la materia misma del arte tenía que ser parte de tal universalidad. Así elaboró su teoría del saber-pintar. Es preciso rechazar la pintura industrial, la pintura en tubo, porque los colores cambian con el tiempo. Por el contrario, hay que pintar como Antonello, como Bellini, con colores a prueba del tiempo.

Hay quizás una tercera dimensión que no traté a fondo en mi libro sobre Vlady: es la vena erótica. No es que dejara de lado su producción erótica, a la cual está dedicada una larga sección del libro. Pero el erotismo, en la obra de Vlady, es mucho más que un tema: es una dimensión fundamental del fenómeno vladiano (el indisociable núcleo obra-vida).

Me alertó, cuando salió el libro en junio de 2006, una expresión de Teresa del Conde - señalaba al pasar, como algo sabido, "los dos polos de la obra de Vlady que son la revolución y el erotismo". Teresa del Conde no menciona el Renacimiento pero eso no importa mucho ya que pertenece al mismo universo oficial o "respetable" que la Revolución, pertenece a la dimensión heroica de la obra. Pero hay también que tomar en cuenta la cara escondida del universo vladiano - el erotismo.

Había yo visto la Revolución y el Renacimiento, les dediqué mi libro - pero no había entendido cómo el erotismo estructura el fenómeno Vlady (aun cuando le dediqué la sección El erotismo y la angustia). No tengo justificaciones, ya que conocía todos los elementos necesarios para preciar su importancia. Durante mi segunda visita a México, en 1974, Vlady me había invitado a verle pintar su obra mayor que es su mural La Revolución y los elementos. Lo miraba subir encima de un armazón de tablones y pintar el nacimiento de Eva en forma de un gigantesco pene en erección, enseñándome que era la imagen del deseo… No empezó con la Revolución Rusa o la Inocencia Terrorista, sino con la capilla lateral que está dedicada a Freud y a la revolución sexual.

Esta elección no es una simple coincidencia. Para Vlady, la capilla freudiana fue una suerte de psicoanálisis salvaje, una contienda con sus sueños más inconfesables, una lucha que tuvo que ganar antes de poder pintar la magnifica explosión revolucionaria de la gran sala de lectura. Sin duda hay ahí una pista importante para profundizar el análisis crítico de la herencia vladiana, pues estoy convencido de que esta obra no puede dejar de despertar una reflexión abundante - especialmente gracias a la existencia del Centro Vlady que está naciendo hoy.

Como se ve con la Revolución, con el Renacimiento, y, agrego hoy, con el erotismo, todas las dimensiones de la obra de Vlady son universales, atemporales, colectivas. Escapan de la anécdota personal. La obra toda es una mano extendida- no hacía los demás seres humanos. Esto, para Vlady, hubiera sido demasiado personal. Su obra es una mano extendida hacia la perennidad y más allá, hacia la eternidad. Esta es la medida con la que quiere ser juzgado.

Entienden ustedes ahora por qué este Centro Vlady me parece fundamental. Reúne en un lugar único, y público, las brasas de este pensamiento cuya ambición era torcerle el cuello al tiempo para descubrir el secreto de lo que perdura. Toda su vida, Vlady batalló para mantener la presencia de unos pocos grandes mitos fundadores. Ahora, será tarea del Centro Vlady continuar este combate.

Señoras, señores, gracias por su atención.


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