LA ETERNIDAD DE LO INFINITAMENTE EFÍMERO
JORGE HERNÁNDEZ CAMPOS


Vlady nació en el regazo de la historia, con el olor de la revolución de octubre en la nariz. Luego la leche de la historia lo arrastró por el planeta hasta depositarlo en las cañas de México. Aquí la historia retiró de la boca de Vlady su amarga teta, pero le echó encima el vasto, sofocante muslo. Qué sombra aquella, y qué sudores: y desde el fondo del tiempo qué teatro, qué representaciones, liturgias, asambleas, enjuiciamientos, delaciones, veredictos, sentencias. La ropa sucia de la revolución, el pueblo en salmuera, la larva de Lenin y su barba de hollín, Trotsky vagante llevando a cuestas una locomotora talmúdica, Los mitos grises, Babel escribiendo en la nieve, el puñal sudado en el sobaco del sicario. Y desde luego el exilio, los libros echados al mar, las caricias desoladas en la estación de Luxemborgo, el balazo en la sopa, y al último las suelas agujereadas en los pies del padre muerto.

Para Vlady la historia ha sido, es, el corazón, la saliva, la pupila del ojo, la asfixia, el éxtasis, y la huida perpetua de un Sísifo que quiere escapar de su matriz. Vlady no ha nacido. Vlady está naciendo perpetuamente del sexo de la historia. El día que nazca, morirá.

Nadie que lo conozca puede estar cierto de lo que ha tenido delante. Hay esta suerte de santos orates, cohenes, proviceros, nabíes, precursores, nigromantes, que son ellos mismos y son también todo lo contrario o incluso lo contrario de lo contrario. Los peores son éstos, como Vlady, que no cesan de perorar, o de escribir, o de señalar, sin que se vea jamás el final del discurso: siempre hay en el fondo de la bolsa un argumento más que volverá a despanzurrar la discusión que parecía terminada. Pero los peores de los peores, los verdaderamente condenados, son los que acaso cayeron de la torre al estercolero, pero que jamás se despegaron de los muros, los que se escurrieron al pie de la página, los que siempre tuvieron que hablar por sí y por los que nunca callaron, esos como Vlady, nacidos para alucinar por nosotros.

Para entender a Vlady -- o quizás para entender cómo es que apenas se le entiende -- hay que partir de la carnalidad de su relación con la historia. Su existencia es como un derrotero por las tempestades del siglo; los demás estamos en la orilla, él no, él ha andado siempre huyendo del huracán. Aun ahora, en el turbio remanso de México, algo de fundamentalmente errabundo le queda, la ropa no se le pega al cuerpo, se diría que tiene el costillar modelado por los dormires inquietos en el jergón del perseguido político, y desde luego se le desprende como un tufillo de una Siberia fantástica. Por eso en él la historia no es la historia de las grandes configuraciones racionales, ni tan sólo una herramienta de conocimiento ni un bolo de paja para la rumia de la filosofía.

Si yo intentara vislumbrar lo que es la historia para Vlady, hablaría de una dimensión protohegeliana, de ese magma oscuro que poblaba de fantasmagorías el sueño de Hegel, que generaba quimeras para las fiebres de Marx, los integumentos de Freud. Para él, incluso la pintura, arte de vagantes, es el telón metaverbal de la historia. La verdadera materia de ésta son las imágenes, no las palabras. Antes que discurso, la historia es representaciones. Lo que no es simulacro históricamente no existe, no está. Pero sucede, paradójicamente, que las hechuras, aunque avanzan a la luz, no aclaran nada y sí lo revuelven todo. No ilustran, confunden. Para algunos videntes la historia es un mural sin fin donde se acumulan figuras en torno a las cuales hierve una dispute igualmente sin fin. Y si se trata de lo advenidero, del espacio donde se construirán los escenarios, y donde se empieza por contender quién será el pintor y quién lo pintado, entonces la dispute se trasmuda directamente en drama, y los iconos que van a ser, los iconos de futuro, se empastan hoy con sangre. El Velo de Maya de los filósofos, es en realidad una tela pintada.

Vlady lo ha entendido. Y ha captado también, porque vive agazapado como un anfibio delicado, en el fondo del pantano de la historia, que ésta es una con la tradición de occidente. Toda pintura lo es, pero más particularmente la de esa fase, entre Giotto -- la ilusión táctil, como cristal de la fe -- y Velázquez el desencanto del mundo, como fruta de la inteligencia -- que tiene por cumbre a Tiziano. En ese periodo, la historia cae literalmente de las rodillas de Dios. Y reaparece, ante el asombro y el sobrecogimiento del hombre, como la tela, o el muro, o el tablero, en fin, como ese juego de la materia, la inteligencia humane y la luz, donde toda trascendencia tiene su fin que no sea humana, que llamamos, inútilmente, pintura. La heroica trascendencia de la condena o la desaparición. La eternidad de lo infinitamente efímero. ¿O no tenemos acaso la certeza de que la Sixtina no será nada en un millón de años y sin embargo lo es todo para la infinitud de la historia previsible?