Este Sur, No 146, Lunes 21 de julio de 1997


He vivido entre leones, no sé vivir entre cucarachas

 

 

Inesperadamente, en un pasillo, me presentan con un señor de gorra y camisa rusas. "Él es el maestro Vlady", me dicen. Digo la frase obvia para estos casos y él murmura distraído algo que no entiendo. No nos detenemos demasiado porque nuestras prisas nos llevan a lugares distintos. Sé que el Conaculta y el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas intervinieron para que él esté durante una semana -- de abril del 97 -- en Tuxtla e imparta el curso Pintura y no pintura en el mundo de hoy . Me proponen que le haga una entrevista. "Nada sé de él", argumento. Me entregan su curriculum.

"Vladimir Kibalchich Rusakov nació en Leningrado (hoy San Petersburgo) en 1920. En 1936 sale de Rusia con su padre, viaja a Bélgica y Francia donde comprende su vocación artística, estudia en París en talleres de reconocidos artistas. Desde 1945 participa en numerosas exposiciones individuales y colectivas. (...) En 1951 comienza a participar en bienales, es invitado a exponer e inicia su obra mural". El curriculum habla, además, de murales en Nicaragua, Estados Unidos de América, México y Japón, y enlista los premios que el artista ha recibido. Aunque no se menciona allí, me entero de que VIady es hijo de un intelectual ruso de primer orden, poeta y novelista (autor de El caso Tuláyev): Victor Serge.

Nos vemos de nuevo y le dicen de la entrevista. Me ve con cierto detenimiento, acepta, me sugiere preguntas. "Todavía no tengo grabadora", digo, aunque en realidad me siento inseguro: ignoro muchas cosas de este hombre de piel blanca y raro espanol.

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Está sentado y lo rodean pintores mientras é1 y yo hablamos brevemente. "Hazme aquí la entrevista, mientras trabajo". Raya en una hoja, se dibuja, se tacha. Parece impositivo, pero ríe. Sus ojos azules traspasan el cristal y da la impresión de que las palabras no le alcanzan para explicarse, que quiere decir cosas que no se pueden decir con ellas. "No uses ese color, sólo sirve para pintar paredes; ponle tierra, conjúgalo". Se quita la gorra y veo su calvicie frontal; sus largas canas le forman patillas y una coleta que se amarra con un listón negro. Mueve rápido, ágil el lápiz y habla mientras una pintora nos ve, y apunta con rapidez todo lo que Vlady me platica.

Estamos solos, en una oficina. Aprieto el botón rec y la grabadora lo expulsa. Lo intento otra vez y lo mismo. Y de nuevo. Vlady está sentado frente a mí y sonríe. "Siempre pasa igual", comenta. Dejo a un lado el aparatejo (Vlady dibuja un laberinto en una hoja de papel) y me decido por una entrevista, a la antigüita: pregunto y apunto lo más rápido que puedo sus respuestas:

 

-- ¿Como influyo en ti tu padre?

 

Como el padre de Rembrandt, que, era molinero, cómo influye cualquier padre en cualquier hijo. Mi padre era un revolucionario glorioso -- fue bolchevique, trotskista, estuvo encarcelado, fue excluido del partido y expulsado de Rusia -- y siempre estuvo en evolución, buscan do el cambio.

Cuando salí de Rusia tenía 16 años. ¿Qué dejaba? Mi familia y el hambre y la luminosa inteligencia de muchos revolucionarios que hablaban conmigo y criticaban todo con amor, con ironía. Era 1936. Salí, pero seguí involucrado en los sucesos de mi patria (mataron a muchos de nuestros compañeros y se instituyó la contrarrevolución).

Nos fuimos a Europa. Vivimos en París hasta la entrada de los alemanes. Estábamos involucrados en la Guerra Civil de España y fuimos perseguidos por los nazis, el fascismo y la dictadura de Stalin.

Acompañé a mi padre en todos los exilios y nos venimos a América Latina (EUA no nos dejaba entrar). Llegamos a México cuando el presidente era Avila Camacho.

Queríamos irnos a EUA. Mi padre -- quería relacionarse con intelectuales cosmopolitas, pues el ambiente cultural mexicano estaba dominado por el stalinismo. Mi padre, aquí, fue calumniado y loquisieron expulsar. Hay versiones incluso de que fue asesinado (oficialmente murió del corazón), que le pusieron veneno en la medicina.

En este país toqué puertas, para pintar, con Diego Rivera y me aceptó. Rivera estaba peleado con Trotski; era un analfabeta político. No me enseñó directamente. Un embajador, un político importante, amigo de mi padre, me consiguió, entonces, pintar unos murales...

(Rompimos el trato formal de inmediato. "¿Te puedo tutear?", pregunto. "Llámame como quieras, respondió, somos hermanos". Apunto y apunto. El se levanta y se para frente a mí, toca la pared, da vueltas a mi alrededor, se asoma por encima de mi hombro para leer lo que escribo, alza la voz, manotea, piensa, duda, a veces es digresivo, se interrumpe. Apenas me deja terminar las preguntas, es de una enorme vitalidad. "¿Cuántos años tienes, Vlady?" "Te lo digo, pero no lo anotes"...

-- Pinto desde niño. No tuve maestros. Me motivaba mi padre, me ponía a dibujar, me posaba. Le hice muchos retratos. Manejé la acuarela con madurez precoz. En el Hermitage, uno de los mejores museos del mundo, en Leningrado, me refugiaba constantemente por dos razones: por frío y por huir de casa. La atmósfera era dramática, mi madre era una mujer tan nerviosa que llegó hasta la locura. ¿Qué puede hacer un niño? Caminaba por ahí y me que daba en el museo. En él me llené de la pintura de los siglos XVI y XVII (que luego continúe conociendo en muchos museos europeos).

¿Cómo me formé? Lo diré por primera vez: con la exigencia, con el rigor del pensamiento revolucionario ruso. Ahí me formo y sé reconocer entre lo chafa y lo de calidad. A través de mi aprendizaje me di cuenta que el color no tiene luz, no cristaliza. La pintura moderna y antigua se diferencian en que la antigua es luminosa, cristalina, perenne; la pintura moderna sólo expresa el momento, es efímera y exalta lo efímero (aunque hay efimeridades que duran siglos; la obra de Picasso, por ejem lo).

-- A la pintura mexicana se le tiene que volver a ensarapar. Se debe dejar de lado la autoglorificación que había entre los pintores mexicanistas. Lo que hacían se ha echado a perder porque lo hacían mal, pintaban mal. La autovaloración, en cambio, era buena: querían ser mexicanos, se autovaloraban como cultura. A su obra hay que quitarle la declaratividad, la paja, la estupidez doctrinario, la vanidad; las burradas de Siqueiros, la vanidad de Diego. No tenían cultura política, hablaban de estrellas que ya se habían apagado, exaltaban algo ya hecho, estaban fuera de tiempo...

(Se detiene, parece olfatear en el aire, ensambla los tiempos: "No es casual que hoy esté aquí. Cerca de estos cerros de Tuxtla hay el mismo fondo que en aquellos tiempos: el mismo campesino sin tierra, sin zapatos, sin comida, sin dignidad, se levanta con un fusil Y se vuelve hombre…)

-- A los muralistas se les debe reconsiderar. Tuvieron excesos de dogmatismo y dependencia burocrática, fueron grupitos que se disputaban el favor del estado, pero si hoy volvemos a los años 30-40 debemos considerarlos como la época de plata, de oro. Ahora, hay que leer a Monsiváis y a José Emilio Pacheco si se quiere saber dónde y cómo vivían y si eran putos...

Los muralistas son lo que en el Renacimiento fue el cuatrochento, donde se conforma la pintura de mayor gloria de la época. Fue un movimiento humanista. Metafóricamente tuvimos en México un cuatrochento donde hay un drama espantoso: no tuvimos en cincochento.

¿El cincochento? Introduce en la pintura la tercera dimensión, la profundidad; incluso la cuarta dimensión, el movimiento.

Ese cincochento no se da en México porque para ello se debe conocer -- del uso de materiales. Los pintores, desde Van Gogh hasta nuestros días, han perdido oficio en beneficio de la imagen y el concepto, han perdido su propia dimensión pictórica. Simultáneamente, los sistemas políticos son los peores enemigos de la individualidad. Los estados totalitarios aplastan por completo la más chiquita individualidad y por necesidad y muy a pesar suyo el pintor más egoísta se vuelve generoso: le regala a los demás su creatividad.

(Siento ya la mano cansada. Vlady habla rápido. Constantemente lo trato de detener y cuando me hace caso y se detiene un poco, silba una tonadilla alegre, examina la pared, me toca el hombro. Los dedos me duelen...)

-- Siqueiros no fue un revolucionario. Tamayo no dio el salto y quedará en la historia como un colorista. Bueno, sí era un gran pintor. Si Diego Rivera no hubiera hecho frescos en México, si no hubiera pintado indígenas, no habría tenido la importancia que tiene. El fresco es la técnica que ha conformado las obras más importantes de todos los tiempos, el fresco es el brillante, el diamante de la pintura. La pintura trabaja los sentidos. El pintor no usa palabras: usa materiales, trabaja el sentimiento con la mirada y el cerebro. El color es un lenguaje, como la música.

(Dejo a un lado el lapicero. "Vlady, me tienes de secretario, parece que me estuvieras dictando, no me dejas terminar mis preguntas, no me dejas acorralarte, explotar tu inteligencia, tus conocimientos". Sonríe. "Está bien, hazme preguntas cabronas". "No se trata de eso, pero haz hecho trizas a lo que se supone es lo mejor de la pintura mexicana. Te hago una pregunta, pero piénsatela mientras descanso: ¿te consideras mejor que ellos?" Pausa, larga pausa.)

-- Tengo culpabilizado el yo; sin embargo, como artista es de lo único que puedo hablar, aunque estoy asqueado del yoísmo, del egocentrismo vanidoso de los artistas, del infantilismo artístico. ( Vlady , interrumpo, contesta mi pregunta: ¿te has llegado a sentir el mejor?) Probablemente sí, pero la cuestión es demostrarlo. He hecho dos mil metros de murales al fresco puro, he aprovechado todas las lecciones del arte moderno y para colmo he hecho lo que ellos -- Rivera, Orozco, Siqueiros -- no pudieron hacer: 250 metros del quintochento: pintura cristalina que tiene luz, profundidad, volumen y movimiento. Esto no es declarativo, puedo demostrarlo.

-- El mejor pintor vivo es Toledo, para serio se debe tener talento y coherencia en el trabajo. De Toledo pueden o no gustar las copulaciones de cangrejos que dibuja, los penes que parecen boas (describe varios cuadros), eso es lo de menos. Me puede o no gustar su color, a lo mejor es pálido. No tiene importancia, porque lo que se impone en él es su coherencia que remite a lo que fue el arte antes: un oficio. Toledo no hace nada sin darle legitimidad artística a lo que hace. No importa cómo combine sus colores -- un grisito con un verdecito --, él es tan legítimo como Rivera n el fresco y a veces más legítimo que Tamayo.

(En el curso hay gente con algún nombre en el estado, pintores y pintoras que incluso dictan conferencias. Vlady no es nada complaciente con sus trabajos. Ve un cuadro que le presentan y dice: "Dibujas bien, pero tu pintura no sirve". Sus observaciones no suenan a insulto; de hecho, los cursantes lo escuchan con atención, se ha ganado su admiración, su aprecio. Cuando el curso termina, los veo a todos emocionados: las palabras de Vlady han calado hondo…)

-- Soy autodidacta y me problematiza enseñar, lo mismo que un médico que se identifica con sus enfermos. Veo que los desordeno, los... (piensa, suspira) choco. Siento que vengo del siglo XIV y XV de Venecia -- del cuatrochento -- y llego a un kinder con computadoras, acrílico y conceptualidad y me siento mal porque estas tres cosas son la modernidad. Vengo desde el pasado, desde lo genuino y me siento inútil porque ellos quieren pintar con fórmulas fotográficas.

(Hablamos de tantas cosas. De personajes: "me debo al pasado; he vivido entre leones y ya no puedo vivir entre cucarachas. Por fortuna, en México ya hay leones. ¿Quiénes? Don Samuel, Marcos... " De definiciones: "No me importa la solemnidad; el talento no necesita sofisticaciones; no me interesa mi imagen sino que esté sostenida con el uso inteligente de conocimientos y materiales; venir a Chiapas para hablar con un kinder es más una pregunta que una respuesta". De política: "La política me da asco, la política me interesa como historia". De su origen: "No puedo ser un naco, mi padre fue un revolucionario inteligente, brillante, honrado: murió con los zapatos rotos...")

Nos interrumpen. La charla se termina. Vlady me entrega un bellísimo libro suyo (una suerte de bitácora de reflexiones) ilustrado con dibujos de su autoría: Abrir los ojos para soñar. Lo abro al azar y leo: "La línea no existe en la naturaleza. Existe la luz, el volumen y las tinieblas. Y todo es relativo. La pintura es el color que se pone entre línea y línea, y cómo se pone". Volveremos a platicar al día -- Soy autodidacta y me problematiza siguiente. Y tendré la grabadora lista.

Héctor Cortés Mandujano

 

 

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